No dormía, tratando de descifrar cuál sería la fragancia ideal, que despertara los sentidos de manera celestial. Aquella fantasía desafiaba su sabiduría, y juró que cada día trabajaría en una nueva pócima.
Hasta que un día, combinando rosas, frambuesas, peras, cedro y ámbar, su corazón se estremeció. Fue entonces cuando comprendió, con gran emoción, que en sus manos tenía la fórmula de la pasión. Una fragancia que a todos iba a enamorar, y al Olimpo entero lograría cautivar.
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